Una aventura mágica de descubrimiento y curiosidad
Una mañana Tomás y Anita entraron en la cocina de Pita y le dieron los buenos días, pero Pita no contestó. Sonreía apenas con expresión soñadora.
— Perdonen que no conteste a su saludo; estoy pensando en lo que acabo de descubrir.
— ¿Qué has descubierto?
— ¡Una palabra nueva! ¡Una estupenda palabra!
— ¿Qué clase de palabra?
— Una maravillosa palabra. Una de las mejores que he oído en mi vida.
— Anda, dinosla, Pita.
— ¡Palitroche!
— Eso es lo que me preocupa.
— ¿Quién dice lo que significan las palabras?
Pita reflexionó sobre el origen de las palabras y cómo se inventan. Estaba convencida de que los maestros viejos se habían reunido para crear el diccionario, pero nadie había pensado en una palabra tan perfecta como palitroche.
— ¡Les apuesto lo que quieran que descubriré lo que significa! Quizá es algo que puede comprarse en las tiendas. ¡Vamos a averiguarlo!
Pita fue a buscar su monedero y lo llenó de monedas.
— "Palitroche" suena como una cosa bastante cara. Seguramente me alcanzará con esto.
Ya puestos de acuerdo, los tres salieron muy preocupados de la casa.
— Quisiera comprar algunos palitroches.
— ¿Palitroches? Creo que no tenemos.
— Quiero comprar un palitroche.
— ¿Palitroche? Vamos a ver... (saca un cepillo)
— ¡Esto es un cepillo! Yo quiero un palitroche. ¡No intente engañar a una inocente niña!
— Lo siento... lo siento... (sale murmurando)
— ¡Ya sé! Lo más probable es que se trate de una enfermedad. ¡Vamos con el médico!
— Quiero ver al doctor. Es un caso grave.
Como se trataba de un caso grave, la enfermera los hizo pasar inmediatamente.
— ¿Qué te pasa?
— Estoy muy asustada, doctor. Creo que estoy enferma de un grave palitroche. ¿Es contagioso?
— Tú tienes más salud que todos nosotros juntos. No te preocupes.
— ¿Pero existe una enfermedad con ese nombre, verdad?
— No, pero aunque existiera tú no la atraparías jamás.
Pita, Tomás y Anita salieron de ahí bastante desconsolados. Iban con la cabeza baja, pensando que nunca encontrarían un palitroche.
— ¡Ten cuidado, Tomás, no pises ese animalito!
Los tres miraron hacia el suelo. El animalito era pequeño, con un par de alas verdes que brillaban como si fueran de metal.
— No es chapulín, ni grillo.
— ¡Ya sé! ¡Es un palitroche!
— ¿Estás segura?
— ¿Crees que no voy a conocer a un palitroche cuando lo veo? Como tú no has visto ninguno en tu vida, no sabes reconocerlos.
— ¡Mi querido palitroche! Ya sabía yo que al fin iba a encontrarte. Hemos recorrido toda la ciudad buscándote, y estabas casi casi debajo del zapato de Tomás. Ven, te llevaré a casa y viviremos felices.
Fin
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